Bagdad. (LP). — Estados Unidos completó este miércoles la retirada de sus fuerzas de Irak, poniendo fin a una presencia militar que se prolongó durante más de dos décadas y que comenzó con la invasión de 2003 para derrocar al entonces presidente Saddam Hussein.
La salida de las últimas tropas estadounidenses, principalmente desde la base aérea de Erbil, en la región autónoma del Kurdistán, marca el cierre de la misión de la coalición internacional contra el Estado Islámico en Irak y el comienzo de una nueva fase en la relación de seguridad entre Washington y Bagdad.
La retirada ha generado sentimientos encontrados entre los iraquíes. Mientras algunos celebran el fin de una presencia militar asociada a años de guerra, violencia y derramamiento de sangre, otros expresan preocupación por las consecuencias que podría tener la ausencia de las fuerzas estadounidenses en un país situado en medio de las rivalidades entre Washington y Teherán.
Estados Unidos llegó a desplegar más de 170,000 soldados en Irak durante el punto más intenso de las operaciones de contrainsurgencia. Las últimas tropas de combate abandonaron el país en 2011, pero Washington regresó en 2014, después de que el Estado Islámico conquistara amplias zonas de Irak, para apoyar el entrenamiento y las operaciones de las fuerzas iraquíes.
En los últimos años, la presencia estadounidense se había reducido a unos 2,500 efectivos dedicados principalmente al entrenamiento y a operaciones conjuntas contra el Estado Islámico. La retirada fue acordada en 2024 y ejecutada por la administración del presidente Donald Trump.
El Departamento de Defensa estadounidense señaló que el final de la misión no supone el abandono total de la cooperación con Irak.
Washington mantendrá una relación bilateral de defensa y continuará proporcionando determinados servicios de entrenamiento e inteligencia, mientras la misión de la coalición contra el Estado Islámico en Siria continúa desde Jordania.
Temor a un vacío de seguridad
Uno de los principales interrogantes que enfrenta Irak es si sus fuerzas de seguridad podrán mantener bajo control a los grupos armados y evitar un eventual resurgimiento del Estado Islámico.
Aunque el grupo perdió el territorio que llegó a controlar y su autoproclamado califato fue derrotado en 2017, mantiene redes clandestinas capaces de realizar ataques.
Autoridades y analistas iraquíes han advertido además sobre las limitaciones de las capacidades de defensa aérea y de inteligencia del país.
La retirada también podría modificar el equilibrio entre el Gobierno iraquí, las milicias armadas y la influencia de Irán.
Grupos aliados de Teherán han interpretado la salida estadounidense como una victoria, mientras algunos analistas advierten que esas organizaciones podrían incrementar su influencia política y dentro de las instituciones estatales.
El primer ministro iraquí, Ali Faleh al-Zaidi, ha presentado el retiro como el inicio de una etapa en la que Irak asumirá plenamente la responsabilidad de su seguridad y estabilidad.
Sin embargo, el desafío será mantener ese control en un escenario en el que todavía operan grupos armados fuera de la estructura estatal y persisten células del Estado Islámico.
Para una parte de la población, el fin de la presencia estadounidense representa el cierre de un capítulo marcado por la guerra y la intervención extranjera.
Para otros, el verdadero balance de la retirada dependerá de que Irak consiga evitar un nuevo vacío de seguridad y preservar la estabilidad alcanzada durante los últimos años.
La salida estadounidense, por tanto, no supone el final de los desafíos de seguridad de Irak, sino el comienzo de una etapa en la que el país deberá demostrar su capacidad para gestionar por sí mismo las amenazas internas y el complejo equilibrio regional entre Estados Unidos e Irán.

















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